Le gustaba ese bosque, siempre le había gustado, le gustaba desde que podía recordar. Pero lo que mas le gustaba era tumbarse sobre esa tupida alfombra de hojas, recién caídas y aún húmedas por la ligera niebla que flotaba en el ambiente a comienzos de otoño. En pocos momentos se encontraba tan cómoda como en esos instantes, pues, en definitiva, ese bosque era su escondite y su santuario.
Desde pequeña, Iris se había refugiado en las profundidades del bosque protegida por la presencia atenta de los árboles.
Lo que siempre le había gustado hacer era leer, su gran pasión, y en ese lugar sentía que todo lo que leía adquiría un matiz mágico, distinto al que tenía en cualquier otro lugar; y siempre que lo hacía le gustaba compartir sus historias, así que siempre las leía en voz alta para que cualquier oído curioso pudiera escucharlas.
Leía historias de gnomos y duendes, de príncipes, princesas y malvadas brujas, de hadas, unicornios y demás seres increíbles, en los que, aún teniendo 19 años, Iris continuaba creyendo y los guardaba preciadamente en su memoria.
Terminados los relatos, Iris se recostaba sobre las hojas, apoyaba su cabeza en la raíz de algún árbol cercano hasta encontrar una posición cómoda, y cuando se sentía completamente relajada, cerraba los ojos y escuchaba. Le gustaba escuchar el sonido del bosque: el viento silbando entre las ramas de los árboles, el trino de los pájaros y el crujir de las hojas.
A veces, en esos días en que el bosque permanecía más silencioso que de costumbre, Iris creía percibir el sonido de los gnomos trabajando en las profundidades de la tierra, desmenuzando rocas con sus pequeños picos casi de juguete, y en ocasiones, hasta le parecía escuchar el gritito de júbilo que alguno de ellos soltaban cuando encontraba una de esas ansiadas y preciadas joyas.
También le gustaba imaginar que mientras ella permanecía así en silencio, las criaturas mágicas del bosque, que siempre permanecían escondidas, se acercaban silenciosa e imperceptiblemente, para poder ver mejor a la jovencita que siempre les deleitaba con sus historias. Ella los sentía acercarse, pero cuando los notaba justo a su lado, abría rápidamente los párpados y miraba curiosamente alrededor con una chispa de esperanza en sus brillantes ojos verdes, sólo para comprobar que el lugar estaba tan desierto como antes, -Y como siempre había estado- pensaba con desilusión.
Otras veces, cuando cerraba los ojos y se sumergía en el sopor de la imaginación, oía el crujido de algo pisando las hojas con suavidad, y entonces veía el corcel blanco culpable de esos sonidos. Montada sobre el caballo, llegaba a distinguir una figura de aspecto noble, vestida con ropas sencillas y elegantes, que se acercaba a ella y le tendía la mano para ayudarla a subir a su montura y llevársela de allí, para llevársela al lugar al que pertenecía, al lugar que no debería haber abandonado jamás.
Pero cuando Iris estiraba su brazo y cerraba su mano alrededor de la de él, se encontraba asiendo únicamente el aire, y sólo cuando abría los ojos se convencía de que allí no había nadie, que sólo había sido una ilusión, entonces era cuando se daba cuenta de que la culpable de la sombra que había oscurecido sus párpados cerrados había sido una pequeña nube que se había interpuesto en el camino de la luz del sol que se filtraba entre los árboles.
Y permanecía allí varias horas, siempre de sueño en sueño, y de decepción en decepción. Siempre que presentía que había algo más, su mente terminaba convenciéndola de que era sólo su imaginación.
Finalmente, llegaba el momento en que debía abandonar los rincones mágicos del bosque para recorrer el tramo que la separaba del mundo normal y corriente. Para su gusto demasiado normal y demasiado corriente.
Iris se levantó abandonando la capa de hojas que le había servido de colchón durante esos momentos y abandonó el lugar. Debía darse prisa, siempre se le hacía tarde para la cena.
Cuando desapareció de la vista, la quietud del lugar se volvió un bullicio de formas que se confundían con la naturaleza y que se movían con rapidez.
Un pequeño duende salió de debajo de una hoja y se apresuró a cubrir con varios saltitos la distancia que le separaba de la raíz donde había estado la cabeza de la joven. A su encuentro voló una pequeña hoja, que resultó ser una pequeña hada hábilmente camuflada. Se sentaron juntos en la raíz.
-Me da pena,- dijo el duende- creo que deberíamos mostrarnos a ella. Seguro que nos comprendería.
-Estoy convencida de ello,- replico el hada- pero ya sabes que tenemos prohibido hacerlo. No hasta que llegue el momento adecuado…
lunes, enero 16, 2006
Cuentecillo que escribí hace algún tiempo y que me gustaría intentar continuar más adelante, es un poco fantasioso, pero bueno, aquí va.
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